jueves, 5 de abril de 2012

LA HEROÍNA LUISA CACERES


Soportó  terribles humillaciones, prisiones, destierros, y no cedió jamás a las presiones de sus captores
 
            La historia de nuestra patria es rica en acontecimientos ejemplares y heróicos. Basta con leer los hechos desde el mismo momento en que Colón llega a tierra firme y confunde el Orinoco con el Ganges, para ver como desfilan episodios que traspasan los limites de lo humanamente creíble. Lo que ocurrió con Luisa Cáceres, la joven caraqueña esposa del general margariteño, Juan Bautista Arismendi, sobresale entre los sucesos de la guerra de independencia que envolvieron en medio de su torbellino sangriento a mujeres de todas las clases y condiciones.
            Sobresale por lo difícil que es para una adolescente, débil por naturaleza, soportar con entereza las más infamantes torturas, humillaciones, prisiones y destierros por negarse a decir simplemente dónde podría estar su esposo y cuáles sus pretensiones contra el gobierno realista de  Urreiztieta. Por no querer escribirle a su marido pidiéndole que entregara las armas y se rindiera, que desistiera de sus propósitos revolucionarios.
            Luisa Cáceres había peregrinado de Caracas hasta Oriente, muchas veces a pie y otra tantas en el anca de alguna cabalgadura cuando Boves con sus huestes llaneras avanzaba sobre Caracas. Su padre Domingo Cáceres  y su madre Carmen Díaz eran amigos del General José Félix Rivas y en la casa de éste había Luisa conocido a su futuro esposo Juan Bautista Arismendi. En esta casa también conoció al Libertador y a muchos otros revolucionarios patriotas que le insuflaron sus ideas y la ganaron desde niña para la causa, una muy justa por demás porque en ella estaba comprometida la singular e ineludible idea de una patria libre, soberana e independiente.
Ella estaba espiritualmente preparada cuando los realistas que buscaban al General Arismendi porque se había alzado en la Isla, la torturaron para que dijera donde estaba su esposo. Luisa Cáceres que entonces tenía 15 años soportó los rigores del calabozo no obstante estar encinta, la hicieron caminar sobre los cadáveres de algunos patriotas, beber el agua teñida con la sangre de los caídos en la lucha, pero no confesó los planes de la revuelta ni reveló el paradero de su marido.
En el mismo  calabozo del Castillo de Santa Rosa que mora en una altura del valle de la Asunción y con el auxilio de otra prisionera,  dio a luz el 26 de enero de 1816 una niña que murió al nacer a causa de los intensos sufrimientos. La niña después fue arrojada por los carceleros en un zanjón.
Previendo el Gobernador de la Isla una posible invasión de los patriotas que se preparaba en Haití, la trasladaron a la Guaira a bordo de un bergantín y posteriormente la internaron en el Convento de la Inmaculada Concepción, donde hoy se alza el Capitolio de Caracas.
En enero  de 1817, cuando ya los patriotas comenzaban a dominar en el Oriente, la embarcaron a bordo del “Populo”, un barco que salía para España y una vez allá la entregaron a las autoridades de Andalucía. En 1818 logró fugarse con la ayuda de un teniente Ceballos y llegó a Juan Griego el 26 de julio. Los margariteños la recibieron con todos los honores pues ya la isla nuevamente estaba en poder de  Arismendi. En el templo de la villa se cantó  Te Deum y durante ocho días el pueblo celebró el regreso a la libertad de quien fue ejemplo de fidelidad y fortaleza espiritual en los momentos más sangrientos y difíciles de la patria.





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