viernes, 13 de abril de 2012

EL BAOBAB




El árbol que amenazaba acabar con el planeta de El Principito se halla en Ciudad Bolívar


Ustedes seguramente han leído u oído hablar del baobab. Yo recuerdo que mi primer contacto con este árbol milenario lo tuve leyendo a “El Principito”, cuando éste en el recuerdo del piloto Antonie de Saint Exupery lo expone como una semilla terrible dispuesta a despertar cada mañana con la luz del día para reventar con sus raíces gigantes el planeta del pequeño príncipe.
Por eso el principito lucía contento con su corderito, pues éste podía comer arbustos y, por lo tanto, acabar con los baobabs cuando fueran del tamaño del rosal.
¿ Pero realmente son tan terribles los baobabs?
Por supuesto que en el caso del principito, por una cuestión de preservación del pequeño planeta, los son, pero no para los habitantes de Africa, continente donde abunda profusamente este árbol milenario tan alto como grueso.  Para los africanos son una bendición, pues los indígenas utilizan su corteza y las hojas como emolientes, así como la pulpa del fruto llamado “Pan de mono” para la curación de la disentería y las fiebres palúdicas.
Lo poco atractivo del árbol longevo quizá sea el que algunas tribus negras de la costa Occidental del Africa, cuelguen en el interior ahuecado de sus troncos a los muertos que llevaron una vida deshonrosa.
Por ser un árbol de tan lejos y autóctono del Africa, muy poco se conoce en Venezuela y América. Sin embargo, en Ciudad Bolívar, existe uno en la avenida Táchira, clonado por estaca de otro mayor que existió y duró poco en otro sitio de la Ciudad.
El primer baobab bolivarense fue sembrado en 1910 frente al Cine Plaza por don Carlos Palazzi, quien lo obtuvo de una semilla fertilizada entre varias traídas de Francia por el médico Félix Rafael Páez.
El árbol prosperó como en su patio africano bajo el cuidado de las hermanas Mercedes y Rosarito Grau, pero  medio siglo después fue sacado de raíz por un vendaval. Una estaca del tronco fue replantada en la avenida Táchira, donde es apreciado por muy pocos de los que saben de su existencia.   Otros, clonados de una rama de éste, existen en el Jardín Botánico del Orinoco.






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